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La delgada línea entre ayudar y ser engañados

La delgada línea entre ayudar y ser engañados no siempre es fácil de identificar. A veces no se cruza con malas intenciones, sino con prisas, emociones y el deseo genuino de hacer el bien. Todo depende de cómo se definan las palabras, porque en este terreno nada es absoluto. Lo que para unos es solidaridad, para otros puede sentirse como una manipulación de la buena fe. Y sí, quien haya dicho que todo es relativo, tenía razón.

El 26 de enero, en un grupo de WhatsApp, compartieron un GoFundMe para una familia mexicana que vivía en Canadá. El mensaje decía que el 22 de enero habían deportado al esposo, que les habían congelado las cuentas bancarias y que no contaban con recursos para que la esposa y sus dos hijos regresaran a México. Pedían donaciones para ayudarlos.

Yo, que soy un poco desconfiada, decidí investigar. Me pregunté si realmente alguien detenido el 30 de diciembre podía ser deportado en menos de un mes. También me pregunté en qué casos se congelan cuentas bancarias. Y aquí va un dato personal que no había contado antes: en julio de 2024, cuando nos mudamos a Hamilton, fuimos al banco y, para nuestra sorpresa, nuestra cuenta abierta en 2010 seguía existiendo… y con dinero.

No voy a detallar todo lo que encontré, pero la deportación acelerada y la congelación de cuentas solo ocurren en casos muy específicos. Así que, bastante segura de mis razones, escribí en el grupo recordando que, tanto en Canadá como en México, existen muchas estafas y que me parecía extraño que lo hubieran deportado en menos de un mes. Canadá no es Estados Unidos. Su sistema político e ideológico es distinto y uno de los valores que recientemente mencionó el primer ministro Carney en Davos fue el respeto a los derechos humanos. En fin, mis dudas no salieron de la nada.

Decidí mandar un audio para que se notara que mi intención no era atacar, sino alertar. Incluso terminé diciendo que ojalá yo estuviera equivocada. Pero, como buenas mexicanas, quien compartió el GoFundMe se sintió aludida y respondió a la defensiva: “Yo no necesito información extra para ayudar”. Y qué chingón por ella, pero yo sí.

Después agregaron al esposo deportado al grupo. Su explicación fue igual de vaga que el texto del GoFundMe. Algunos compatriotas le preguntaron por qué su familia no había sido deportada junto con él, como suele hacer el gobierno canadiense. Sin decirlo directamente, respondió que no había boletos para fechas cercanas y que además tenían que dejar el departamento a finales de mes, es decir, el sábado 31 de enero.

Más tarde agregaron a la esposa. Mandó un audio que —y aquí acepto mis prejuicios— no sonaba ni afligida ni preocupada. Dijo algo como: “por nuestros hijos nos vemos en la penosa necesidad de pedir su ayuda”. Eso dio a entender que, a solo cuatro días de la deportación del esposo, decidieron que la comunidad mexicana en Ontario les pagara los boletos de avión y las maletas para regresar a México.

El 29 de enero avisaron que siempre sí, el gobierno de Canadá les iba a pagar los boletos de avión. Aun así, no cerraron el GoFundMe. Y sí, sobra decir que la deportación ocurrió porque estaban de manera irregular en Canadá. No quiero profundizar en ese tema porque desconozco las circunstancias que los llevaron a tomar esa decisión y a exponer a sus hijos a esa experiencia.

Lo que me dio vueltas toda la semana fue una sola pregunta: ¿esta solicitud de apoyo fue o no una estafa?

Para mí, sí lo fue. Porque para mí una estafa es pedir dinero regalado para una causa que al final no se lleva a cabo, y donde quienes reciben el dinero se benefician directamente de él. Es decir, un beneficio personal disfrazado de emergencia.

Me quedé con muchas preguntas:
¿No tienen familia en México que pueda apoyarlos con los boletos?
¿Por qué el esposo no puede conseguir trabajo en México y ahorrar para traer a su familia?
Y muchas más. No conozco a esta familia, no conozco sus condiciones ni sé qué los llevó a pedir dinero para regresar a México.

Dos personas del grupo dijeron conocer al señor y aseguraron que era muy trabajador. Sin embargo, al buscar su nombre en Google, lo único que aparecía era la orden de deportación. No hay registros de él en México, y no puedo evitar preguntarme por qué no existe ningún otro rastro.

Tal vez nunca sabremos si alguien se aprovechó o no de la bondad de los demás. Muchas veces estas historias quedan en una zona gris, donde no hay pruebas suficientes para señalar, pero tampoco claridad para confiar plenamente. Y justo ahí es donde vive la incomodidad.

En un contexto donde el miedo migratorio —alimentado por lo que sucede en Estados Unidos— permea a las comunidades en Canadá, no ser claro sobre tu situación y no explicar con precisión para qué necesitas el dinero que estás pidiendo, para mí, cruza una línea. No porque pedir ayuda sea incorrecto, sino porque ayudar sin información completa también tiene un costo.

Cuestionar no nos hace menos solidarios. Nos hace más responsables.




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