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No es el reggaetón lo que te molesta: es ver a mujeres libres

Me he topado con demasiados comentarios que dicen: “Soy latina y Bad Bunny no me representa”. Y está bien. A nadie le tiene que representar un artista.

Lo que me llama la atención no es la frase en sí, sino quiénes suelen decirla y desde qué lugar lo hacen. Muchas veces viene acompañada de un tono de superioridad moral: como si escuchar reggaetón o disfrutar de cierto tipo de música fuera un defecto de carácter.

He escuchado críticas sobre “la inmoralidad” de bailar reggaetón. Pero esas mismas voces, en la práctica, también cometen omisiones: no reportan todos sus ingresos para pagar menos impuestos, normalizan prácticas corruptas en sus entornos o miran hacia otro lado cuando algo no está bien. Sin embargo, como van a la iglesia, comparten publicaciones de pastores o dan clases a niños los domingos, sienten que su balanza moral está automáticamente a favor. Y entonces señalan.

Señalan a quienes bailamos, a quienes cantamos, a quienes disfrutamos de nuestra libertad. Nos condenan simbólicamente al infierno por mover el cuerpo, mientras ignoran sus propias contradicciones.

Yo ya dejé de engancharme. A veces, en mi mente, hasta les respondo: “Nos vemos en el infierno”.

Porque si de juicios hablamos, dudo que la vara sea tan selectiva. Me cuesta creer que el mayor pecado sea bailar, y no la falta de coherencia, la hipocresía o la ausencia de amor hacia el prójimo.

Tal vez el verdadero problema no es el reggaetón.Tal vez es que incomoda ver a mujeres disfrutando de su cuerpo sin culpa.

Hace poco escuché una reflexión sobre la frase que Bad Bunny dijo en el show del Super Bowl:
“Las mujeres en el mundo entero, perreando sin miedo.”

Más allá del artista, la frase es poderosa. Es una declaración de libertad. Habla de mujeres que pueden expresarse, ocupar espacio, sentirse seguras y disfrutar sin vivir bajo el peso constante del juicio ajeno.

No se trata de que Bad Bunny me represente. Se trata de que yo me represento a mí misma.

Y elijo vivir sin miedo, sin etiquetas impuestas y sin la necesidad de vigilar la vida de los demás para sentirme moralmente superior. Porque al final, la libertad también es eso: dejar de señalar y empezar a vivir.



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