La adolescencia de mis hijas se siente como el tramo más vertiginoso de una montaña rusa. Cuando me convertí en mamá, recuerdo albergar muchos temores. Pero había una etapa que me provocaba un vértigo particular: la adolescencia. Temía que vivieran el rechazo, que se sintieran ignoradas o que el entorno las hiciera sentir ajenas, como me pasó a mí. Mi memoria, que a veces tiene el defecto de ser demasiado nítida, guardaba con precisión cada uno de esos momentos difíciles de mi propia adolescencia. Ese momento llegó antes de lo previsto. Apenas a los once años comenzaron los primeros roces sociales, las miradas que juzgan y las dinámicas complejas entre pares. Hemos intentado sortear estos últimos tres años en lo que ha sido la caída libre más prolongada de nuestras vidas: una bajada con curvas cerradas, ángulos complejos, fricciones y giros inesperados. Estoy segura de que, al diseñar una montaña rusa, esta es la parte a la que más ingeniería y tiempo se le dedica. Tal vez a la adolesc...
Nomada de norte-america, estratega en mercadotecnia y desarrollo de nuevos productos. Todo se puede mejorar siempre. Me encanta el cine independiente y escribir en este blog.