La adolescencia de mis hijas se siente como el tramo más vertiginoso de una montaña rusa. Cuando me convertí en mamá, recuerdo albergar muchos temores. Pero había una etapa que me provocaba un vértigo particular: la adolescencia. Temía que vivieran el rechazo, que se sintieran ignoradas o que el entorno las hiciera sentir ajenas, como me pasó a mí. Mi memoria, que a veces tiene el defecto de ser demasiado nítida, guardaba con precisión cada uno de esos momentos difíciles de mi propia adolescencia. Ese momento llegó antes de lo previsto. Apenas a los once años comenzaron los primeros roces sociales, las miradas que juzgan y las dinámicas complejas entre pares. Hemos intentado sortear estos últimos tres años en lo que ha sido la caída libre más prolongada de nuestras vidas: una bajada con curvas cerradas, ángulos complejos, fricciones y giros inesperados. Estoy segura de que, al diseñar una montaña rusa, esta es la parte a la que más ingeniería y tiempo se le dedica. Tal vez a la adolesc...
Me he topado con demasiados comentarios que dicen: “Soy latina y Bad Bunny no me representa”. Y está bien. A nadie le tiene que representar un artista. Lo que me llama la atención no es la frase en sí, sino quiénes suelen decirla y desde qué lugar lo hacen. Muchas veces viene acompañada de un tono de superioridad moral: como si escuchar reggaetón o disfrutar de cierto tipo de música fuera un defecto de carácter . He escuchado críticas sobre “la inmoralidad” de bailar reggaetón. Pero esas mismas voces, en la práctica, también cometen omisiones: no reportan todos sus ingresos para pagar menos impuestos, normalizan prácticas corruptas en sus entornos o miran hacia otro lado cuando algo no está bien. Sin embargo, como van a la iglesia, comparten publicaciones de pastores o dan clases a niños los domingos, sienten que su balanza moral está automáticamente a favor. Y entonces señalan. Señalan a quienes bailamos, a quienes cantamos, a quienes disfrutamos de nuestra libertad. Nos co...