La adolescencia de mis hijas se siente como el tramo más vertiginoso de una montaña rusa.
Cuando me convertí en mamá, recuerdo albergar muchos temores. Pero había una etapa que me provocaba un vértigo particular: la adolescencia. Temía que vivieran el rechazo, que se sintieran ignoradas o que el entorno las hiciera sentir ajenas, como me pasó a mí. Mi memoria, que a veces tiene el defecto de ser demasiado nítida, guardaba con precisión cada uno de esos momentos difíciles de mi propia adolescencia.
Ese momento llegó antes de lo previsto. Apenas a los once años comenzaron los primeros roces sociales, las miradas que juzgan y las dinámicas complejas entre pares. Hemos intentado sortear estos últimos tres años en lo que ha sido la caída libre más prolongada de nuestras vidas: una bajada con curvas cerradas, ángulos complejos, fricciones y giros inesperados. Estoy segura de que, al diseñar una montaña rusa, esta es la parte a la que más ingeniería y tiempo se le dedica.
Tal vez a la adolescencia la vida y Dios también le dedican el mismo esmero. Quizá tanta fricción sea estrictamente necesaria para descubrir quiénes somos cuando el suelo se mueve.
Han sido años retadores. Uno de los mayores desafíos ha sido asumir la cotidianidad de la crianza de una forma muy similar a la que mi mamá lo hizo con mi hermano y conmigo. Esta etapa me está permitiendo mirarla a través de un cristal de empatía que antes no conocía.
La teoría nos dice que, durante la adolescencia, la presencia constante de ambas figuras parentales es un ancla indispensable para escuchar y contener. Sin embargo, en esta temporada, la distancia física nos ha exigido sostener la dinámica familiar de otra manera. Navegar la crianza en estas circunstancias añade capas de complejidad que no imaginábamos; hay días en los que la fatiga pesa y pareciera que los desaciertos superan a los aciertos. En esos momentos, solo queda recordarme que esto también es una transición temporal.
Al pensar en mi adolescencia, recuerdo el rol invaluable que desempeñaron otros adultos a mi alrededor. Cuando entraba en conflicto con mi mamá (algo que ocurría con más frecuencia de la que me gustaría admitir), recurría a mi tía Carmen. Ella tenía la paciencia serena para explicarme qué había detrás de los límites y los silencios de mi madre. También encontraba refugio y perspectiva los fines de semana con mi papá, alternando el trabajo con momentos sencillos de desconexión. Contar con esos otros brazos de adultos donde procesar mis emociones me dio tregua y me permitió entender a mis padres desde un lugar seguro.
A veces miro a mis hijas y me invade la duda de si he sabido construirles esa misma red de contención cercana en su día a día. Luego respiro y reconozco que el amor a su alrededor existe: hay familiares y personas queridas que están dispuestas a escucharlas sin juicios cuando decidan acercarse. Confío en que sabrán reconocer esos puertos seguros.
Pensar en todo esto me reconcilia profundamente con mi madre. Se me encoge el corazón al dimensionar lo que significó para ella sacarnos adelante mientras se sostenía a sí misma contra viento y marea. Una cosa es contar con apoyos puntuales y otra muy distinta es llevar sobre la espalda el peso continuo del hogar sin un relevo al final del día. Vivir en estado de alerta permanente agota el cuerpo y desgasta la paciencia.
Ahora entiendo por qué mi mamá llegaba tan exhausta después de su jornada laboral. Su vocación de enfermera la llevaba a darlo todo por todos, hasta quedarse sin nada. La memoria más vulnerable que guardo de ella es verla a través de la puerta entreabierta de su habitación, llorando en silencio en la penumbra. En ese entonces yo no comprendía la magnitud de su tristeza, pero la sentía. De forma intuitiva aprendí a no darle más problemas de los que la vida ya le ponía enfrente. Esa es una forma silenciosa de misericordia que los hijos desarrollamos: no por hacernos pequeños, sino por el deseo genuino de no convertirnos en una carga pesada para quienes amamos.
Hoy me toca estar del otro lado, y esta etapa me está transformando por completo. Estoy aprendiendo a soltar, a confiar en lo que he sembrado día a día: en su pensamiento crítico, en su capacidad de argumentar con convicción y defender sus posturas. Claro que, para una madre analítica, estructurada y exigente, convivir con esa misma firmeza en sus hijas es un reto diario. Criar es, sin duda, la labor más compleja a la que me he enfrentado, y miren que mi camino profesional me ha llevado a descifrar la precisión de compresores, formulaciones químicas y desarrollos industriales. Ninguna fórmula se compara con esto.
En medio del estire y afloje cotidiano, encuentro esperanza al recordarme que esto también es un ciclo. Que vendrán nuevas etapas, otros desafíos y distintas transformaciones en nuestras relaciones familiares. Por ahora, el trabajo consiste en afinar el arte de saber cuándo sostener con fuerza y cuándo abrir las manos para dejarlas volar. Confío en el proceso, con todo y el vértigo.
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